Evangelio del Domingo
noviembre 6, 2017
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Homilía del Domingo

  1. El evangelio de la misa de hoy recoge unas duras palabras de Jesús contra los escribas y los fariseos, dichas a la gente y a sus discípulos para prevenirles sobre ellos. Advierte Jesús con fuerza extraordinaria: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; “pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen pero no hacen» (Mt 23, 2-3). Las palabras de Jesús, en contra de lo que te podría parecer a primera vista, no representan en realidad una novedad. Ya en la Escritura aparecen abundantes quejas de Dios contra aquellos cuya misión es enseñar la Ley y orientar al pueblo en su cumplimiento. Sin ir más lejos, la primera lectura de hoy recoge unas serias acusaciones del profeta Malaquías contra sacerdotes del Señor: Os habéis separado del camino recto y habéis hecho que muchos tropiecen en la ley, invalidando la alianza de Leví, dice el Señor del universo. Pues yo también os voy a hacer despreciables y viles para todo el pueblo, ya que vuestra boca no ha guardado el camino recto y habéis sido parciales en la aplicación de la ley (Ml 2, 8-9).  “Mientras que el profeta anuncia sobre ellos un castigo divino por su iniquidad, Jesús prefiere dirigir a la multitud y a los suyos una advertencia práctica, es decir, les aconseja qué deben hacer ellos al respecto. Y lo que Jesús les dice es que acepten su doctrina, lo que les enseñan cuando ejercen su función de maestros de la ley, pero que se aparten de seguir el ejemplo –o, mejor dicho, el mal ejemplo– de sus vidas. Este mismo consejo te lo puedes aplicar cuando descubras en algún sacerdote o en alguna persona consagrada a Dios algo que desdice de su condición y de su misión. En lugar de hacer grandes aspavientos y poner en tela de juicio todo cuanto digan o hagan, recuerda las palabras de Jesús y piensa en tu interior las cosas con calma.2.¿Y no sería más sencillo directamente prescindir de escribas y fariseos y “de cuanto representan? ¿Por qué Jesús parece contemporizar con lo que dice? Si son así de retorcidos, ¿no es mejor quitarlos de en medio? No nos pasemos de frenada –permíteme la expresión–. Que haya habido en la historia, y los siga habiendo en el presente, ministros de Dios indignos a causa de su conducta, no significa que podamos de un plumazo concluir en la generalización de tal consideración. Además, la historia también te enseña que ese ha sido el camino de falsas reformas de la Iglesia que terminan por romper la familia de los hijos de Dios y perder los tesoros de la salvación a ella confiados. Y tampoco olvides que son muchos más los sacerdotes y religiosos que con su entrega generosa cumplen en la tierra el encargo divino en beneficio de todos los hombres. Ellos encarnan perfectamente las palabras de la primera carta del apóstol san Pablo a los “Tesalonicenses: Os queríamos tanto que deseábamos entregaros no solo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas, porque os habíais ganado nuestro amor (1 Ts 2, 8). Pídele a Dios que todos sus ministros tengan este mismo corazón de Pablo y estos mismos deseos.

No, a tenor de las palabras de Jesús, no has sido nombrado juez de los sacerdotes y consagrados a Dios; conviene por ello que tal juicio lo dejes para aquel a quien sí le corresponde. Conviene que sea de esta manera. Y, aunque el mandato de Jesús debería bastar para que lo hagamos así, hay razones que te pueden ayudar a entenderlo y guardarlo. La primera es que no puedes olvidar que, con independencia de lo recto o torcido de su conducta, los sacerdotes lo son, no por mérito propio, sino por elección de Dios. Que esto te ayude a buscar en los sacerdotes, no su “propia persona, su ingenio o inteligencia, sino lo que les hace sacerdotes: el don de Dios. Como señala Malaquías: La boca del sacerdote atesora conocimiento, y a él se va en busca de instrucción, pues es el mensajero del Señor del universo (Ml 2, 7). La segunda razón no es tanto sobrenatural, sino de sentido común; un autor anónimo de la iglesia primitiva la ha expresado magistralmente: «También la tierra vil produce oro precioso. ¿Acaso se desprecia el oro precioso por la tierra vil? No. De la misma forma que se selecciona el oro y se deja la tierra, también vosotros tomad la doctrina y dejad la conducta»[5].

 

  1. No ofrece Jesús más razón del comportamiento de los fariseos y de los escribas que aquello que hoy podríamos llamar postureo: «Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y “agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame “rabbí”» (Mt 23, 5-7). No vamos a entrar en si hay más motivos de reproche o razones que expliquen cómo han llegado a ese punto, seguramente hay de ambas cosas. Con esta falta de rectitud de intención en lo que hacen y de deseo de figurar y quedar bien nos basta por hoy. Un deseo de aparentar y presumir que está plenamente actual –en realidad lo ha estado siempre–. Piensa si no puedes con facilidad reconocer en otras personas, y probablemente en ti mismo también, conductas semejantes a las que reprocha Jesús a escribas y fariseos. Tu lucha contra la vanidad y el deseo de quedar bien y figurar no terminará nunca, es cosa de cada día. No conviene que “descuides largas temporadas este punto en tu examen de conciencia, pues se trata de un terreno muy resbaladizo en el que un pequeño desliz puede llevar muy lejos y muy abajo. Y los efectos inmediatos en tu alma cuando eso sucede ya los conoces: tristeza y pérdida de libertad.

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