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Homilía del Domingo

  1. El 10 de agosto de 1628, en una ceremonia solemne a la que habían sido invitados embajadores de todos los grandes estados europeos, era botado en Estocolmo el nuevo buque insignia de la armada sueca, el Vasa. Concebido para mostrar el poderío” “naval de aquella nación no existía en ese momento un navío comparable, en tamaño, potencia de fuego y lujo. Sin embargo, ante los ojos atónitos de todos los invitados y del propio rey Gustavo II de Suecia, el Vasa apenas recorrido un kilómetro se escoró y se hundió rápidamente. ¿Qué sucedió para que se produjera un fiasco de estas proporciones? Pues, en realidad, algo muy sencillo: en su construcción faltó un principio unificador. Los militares demandaban más cañones, hasta incrementar en tres sus puentes y dejar demasiado bajas las troneras del primero, por donde entraría el agua cuando el barco escoró. El representante del rey solo se preocupó de que los adornos fueran los más ricos y “suntuosos, haciendo que el peso de los mismos resultase excesivo. Y los ingenieros, a pesar de advertir de las deficiencias, terminaron por limitarse a cumplir los plazos exigidos. ¿Por qué te cuento eso? Porque es un buen ejemplo de que en la vida cuando falta un principio que dé unidad a las cosas, estas suelen terminar mal, ya sea la construcción de un barco, de una casa o –apuntando a las cosas más elevadas– de la propia vida. En el evangelio de hoy Jesús, al contestar a la pregunta que le hizo aquel doctor de la ley, te ofrece ese principio que puede dar unidad a tu vida. Porque son muchas las cosas a las que atender: tu relación con Dios, tu carrera profesional, la familia, los “amigos, etc. Para evitar que cada una vaya por su lado sin relación con las otras, con el riesgo de que te pudiera suceder como al Vasa, necesitas de un principio que dé unidad, que armonice todas esas facetas de tu existencia y les dé el equilibrio necesario. Y ese principio es doble: amar a Dios y amar al prójimo.
  2. Detente en tu oración a considerar este principio fundamental que está llamado a configurar toda tu vida, comenzando por su primera parte, el amor a Dios. Cristo lo formula en el evangelio de la misa de hoy de la siguiente manera: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente» (Mt 22, 37). No está el Señor innovando con “su respuesta al doctor de la ley, al contrario, lo que  hace es remitirse al «Shemá», la oración que reza varias veces al día todo israelita piadoso y que aparece recogida en la Escritura en los libros del Deuteronomio y de los Números. La enumeración de corazón, mente y alma ya te señala la naturaleza del amor que reclama este mandamiento: se trata de un amor íntegro, total, que abarca todas las dimensiones de la persona. Piensa si, en efecto, tu amor a Dios es de esta manera, si abarca todas tus facultades y llega hasta el último rincón de tu ser. Empezando, ya que es lo primero que menciona el Señor, por el corazón. Amar a Dios se hace con corazón, no sabemos los humanos amar de otra “manera. Por eso piensa si pones corazón, afecto, pasión en tu relación con Dios. Porque hablamos de amor y el amor, aunque no solo, también es sentimiento y afecto. ¿Tienes afecto por las cosas de Dios? Afecto por los sacramentos, en especial por la Eucaristía, donde se ha quedado presente con toda su humanidad y toda su divinidad para que puedas tratarlo de cerca. Afecto y cariño por quienes Él elige para servir y guiar a la Iglesia, el papa, los obispos, los sacerdotes…

Pero el amor es más que sentimiento y afecto del corazón, por eso el amor a Dios de que te habla Jesús también reclama su lugar en tu voluntad y en tu entendimiento, tal y como se sigue de la mención de alma y
“mente en la formulación del precepto que venimos considerando. El amor a Dios pide de tu parte el compromiso de tu voluntad en aquello que Dios te presenta como su designio para ti, lo cual incluye sus mandamientos y la llamada particular que te hace, tu vocación. Si amas a Dios, querrás saber lo que Él quiere de ti para poder corresponder con prontitud. Este es un buen termómetro para medir cómo anda tu amor a Dios. Y, finalmente, este amor del que habla Jesús implica también tu entendimiento: querer conocer más y mejor a Dios Uno y Trino y todo cuanto te ha dado a conocer. ¿Amor a Dios sin interés por saber más de Él? Permíteme que “ponga en duda que tenga un sólido fundamento.

  1. Pero no podemos terminar sin considerar, aunque sea con brevedad, la segunda parte de la respuesta de Jesús: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22, 39). De nuevo, la respuesta del Señor no es original y remite también a la Escritura, en concreto al Levítico. Lo que sí es novedoso es la manera en que pone en relación ambos preceptos. El Maestro establece una semejanza entre el amor a Dios y el amor al prójimo y declara que ambos sostienen la Ley y los Profetas (cfr. Mt 22, 38-40), es decir, todo cuanto un israelita tiene por revelación de Dios. “Tu amor a Dios no puede dejar nunca de lado el amor a los demás. Si amas de verdad a Dios, ¿cómo no amarás a los que ha creado como imagen y semejanza? Y, en sentido contrario: el amor a los demás será más verdadero, recto y puro en la medida en que se inscribe en el amor a Dios y en el reconocimiento de la dignidad de todo hombre en cuanto creado a su imagen y semejanza. Sin esta referencia a Dios y su proyecto para los hombres el amor a los demás puede muy fácilmente corromperse y volverse egoísta o transformarse en algo vacío como la mera beneficencia. No, Dios no quiere que ames a los demás como el cooperante que reparte ayuda humanitaria, ya es mucho eso, pero es poco “para Dios. Él quiere que le ames como un hermano, como a quien comparte tu dignidad y destino, más aún, como a ti mismo.

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