Evangelio
febrero 19, 2018
Santoral 19 – 25 de Febrero
febrero 19, 2018
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Homilia

  1. Después de esto, salió y vio a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él dejándolo todo se levantó y lo siguió (Lc 5, 27-28). No pases con rapidez por esta escena que nos relata san Lucas, porque es verdaderamente extraordinaria. En primer lugar, repara con atención en quién es Leví. Es un publicano, un hombre insaciable con un afán irrefrenable por “poseer y tener más y más cosas. Es un amante del dinero y de las riquezas. Su fortuna procede de cobrar injustamente a sus propios compatriotas los impuestos para los romanos. Ese es Leví. Y está en el mostrador, cobrando,incrementando sus riquezas. Pero a la llamada de Jesús responde con prontitud, como un rayo, se levanta, deja todas esas riquezas y sigue al Maestro. ¿Qué lleva a alguien como Leví a dejar sus riquezas, lo que más le importa y desea, para seguir a quien no tiene ni dónde recostar la cabeza? Solo cabe responder: ha encontrado una riqueza mayor. Leví ha descubierto algo que vale más que el dinero, la riqueza o el poder. No es que su dinero no valiera, ni sus riquezas fueran despreciables, es que ahora ha hallado algo frente a lo que todo lo demás palidece. “Esa es la cuestión: descubrir que Jesús es la mayor de las riquezas, el tesoro ante el que cualquier otra cosa queda sin valor. ¡Ojalá descubras tú esto mismo, como lo descubrió Leví! Seguir a Jesús no es primero renuncia y luego recompensa, sino que es, primeramente, encontrar el tesoro escondido, la perla preciosa que vale más que cualquier otra cosa. La renuncia viene después: para abrazar ese tesoro no podemos tener las manos llenas, hay que dejar lo demás. Si no lo entendemos y lo vivimos así, nuestrasrenuncias no serán causa de alegría y medio para tener la libertad de seguir a Jesús, sino fuente de amargura y tristeza que nos encadenan al pasado en lugar de darnos alas para el futuro.

 

  1. De entre todos los manuscritos que había en la destartalada biblioteca de un viejo monasterio de Estambul, uno llamó la atención del investigador alemán C. Tischendorf “Era un volumen que contenía algunas obras de temática religiosa escrito en el siglo XIII sin, aparentemente, ningún valor especial. Sin embargo, debajo de aquella escritura medieval, casi borrado, pero aún recuperable, se encontraba el Libro del método de Arquímedes, una obra perdida, de la que incluso se llegó a dudar de su existencia, y que revela el camino usado por el gran matemático griego para descubrir y probar sus grandes teoremas mecánicos. Hay tesoros que de por sí llaman la atención y brillan, pero no son necesariamente los más valiosos. A veces lo que vale más no llama la atención de primeras, sino que hay que saber reconocerlo. Hay tesoros que pasan por manos que, ignorantes de su valor, los dejan escapar por no saber lo que ha pasado por ellas. Así sucedió con aquel manuscrito de la obra perdida de Arquímedes. Aquel tesoro solo podía ser descubierto por unos ojos expertos que vieran debajo de aquella escritura vulgar, semejante a la del resto de los demás volúmenes de su alrededor, algo de un valor incomparable al resto. Sucede así también con Jesucristo. Para descubrir ese tesoro que supone para tu vida, has de saber mirar, reconocer el valor de aquello que tienes ante ti yendo a lo profundo, al fondo. Y no hay mejor manera de aprender a mirar que profundizar en el conocimiento de Jesús y de su vida. De ese modo te pondrás en la pista adecuada para que aflore a tus ojos la belleza incomparable del camino que el Hijo de Dios te ofrece. Busca de este modo descubrir en Jesucristo el tesoro de tu vida, escondido para ti desde antes que existieras. Allí tienes la fuente de alegría y de libertad que hará, como hizo con Leví, que te levantes, dejes “las demás cosas y presto acompañes a Jesús el resto de tus días. 3. Para terminar, Jesús da, permíteme la expresión, un aviso para navegantes: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan (Jc 5, 32). Cuidado con los que confían en su tesoro, en las riquezas que acumulan, y no me refiero solo a las materiales. Cuidado por un lado con los que piensan que son justos, los que se fían de su justicia y no reconocen su pobreza. Los fariseos y escribas murmuraban y criticaban a Jesús porque se puso a comer con Leví y sus amigos (cfr. Lc 5, 30). Desprecian a esos hombres pecadores porque ellos se piensan intachables. Su tesoro es su orgullo. Un pobre tesoro al que se aferran dando la espalda a Jesús.
    Pero cuidado también con los que sin convertirse permanecen en su vida de “pecado. Jesús ha venido a llamar a los pecadores, pero a que se conviertan, no a que sigan igual. La fiesta en casa de Leví es porque ha cambiado, ha dejado su vida de amante del dinero y las riquezas para seguir a Cristo como fiel discípulo y apóstol. Cuidado con no despegarse, mejor dicho, con no luchar por hacerlo –porque a veces es lucha de toda la vida– de los propios vicios y pecados. También estos pueden convertirse en tesoro, aunque pegajoso y de olor pútrido, al que se aferren nuestros sentidos y nuestro corazón. Por eso no olvides que Cristo ha venido a llamarte a ti. Porque tú eres pecador –como yo– y quiere que te conviertas, que cambies, que dejes como Leví las riquezas que no aprovechan. No te aferres a tu orgullo ni te creas justo ante Él. Pero menos aún te aferres a tus pecados, tesoro pobretón y amargo que no puede satisfacer “lo que tu corazón desea. Y escucha la llamada del Maestro, que quiere que descubras el tesoro de su compañía.”

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