Evangelio
febrero 25, 2018
Santoral 26 de Febrero – 4 de Marzo
febrero 25, 2018
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Homilia

  1. El domingo pasado leímos el evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto. Se presentaba así ante nuestros ojos la humanidad de Cristo, que por la encarnación ha compartido con nosotros toda nuestra existencia, incluida la tentación y la debilidad. Jesús es verdaderamente hombre, no un superhombre, hecho “de otra pasta, sino alguien como tú y como yo, de una carne como la nuestra, igual en todo menos en el pecado. Y este domingo la misa nos ofrece el relato de la Transfiguración, en el que Jesús se revela como verdadero Dios. Jesús toma a Pedro, Santiago y Juan y se los lleva a lo alto de un monte (cfr. Mc 9, 2). Allí se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo (Mc 9, 2-3). No tiene lugar un cambio en Jesús, como si se transformara en algo diferente; lo que sucede es distinto. Jesús revela su divinidad, escondida habitualmente detrás de su humanidad. Él es «luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero» (Credo de Nicea-Constantinopla). Y se ha hecho hombre como nosotros para compartir su divinidad. “De este modo el evangelio de hoy y el del domingo pasado forman un díptico que te muestra quién es Jesús. Ambas páginas se complementan y resultan inseparables para conocer a Cristo. Tu fe en Jesús pasa por creer en Él como verdadero Dios y verdadero hombre. Esta confesión está en el fundamento de nuestra fe, y «la Iglesia debió defender y aclarar esta verdad de fe durante los primeros siglos frente a unas herejías que la falseaban»9. Muchos sufrieron persecución y libraron mil batallas para que la fe verdadera pudiera preservarse y llegar hasta ti. ¿La custodias y defiendes en ti con sumo cuidado para que no pueda confundirse ni diluirse en formas no cristianas de formularla o interpretarla? Es un legado precioso del que brota una vida nueva, no dejes que se eche a perder

sabía lo que en ti.

  1. Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y Juan, sube aparte con ellos solos a un monte alto (Mc 9, 2). El monte, la cumbre elevada del Sinaí y ahora del Tabor, es en la Biblia el lugar de la cercanía con Dios. La Transfiguración tiene lugar en un ámbito de oración, en ese lugar apartado y elevado al que se van los tres discípulos guiados por el Señor. Es en ese espacio elevado, no solo físicamente, sino respecto de la vida cotidiana, en el que Cristo revela su divinidad. Es en la oración donde Él se te da a conocer en lo íntimo de su ser.

Por eso, si deseas que tu fe en la divinidad de Cristo se afiance, has de subir esta montaña que es la oración. Elevarte en esos ratos sobre tu existencia diaria, apartándote de cuanto te distrae, para poner los sentidos solo en Dios y en su palabra. Como a los tres discípulos es Jesús quien te puede guiar en la subida al monte, solo “Él puede conducirte en tu oración. Busca esos momentos de paz, alejándote de todo ruido exterior e interior para sumergirte en Dios de modo que Él pueda revelarte su gloria. Entonces podrás escuchar y entender sus palabras, pues –como dice san Máximo el Confesor– «los vestidos que se habían vuelto blancos son el símbolo de las palabras de la Sagrada Escritura, que se volvían claras, transparentes y luminosas»10. Y qué bien se está con Jesús cuando Él nos explica su palabra y la hace clara e iluminadora para la vida. Esa fue la experiencia de Pedro y los otros, será también la tuya si perseveras en esas excursiones montañeras con el Señor.

  1. Pero la montaña no es solo subir. Como nos dice el Papa Francisco, son precisos dos movimientos complementarios: «subida y descenso. Nosotros necesitamos ir a un lugar apartado, subir a la montaña “en un espacio de silencio, para encontrarnos a nosotros mismos y percibir mejor la voz del Señor. Esto hacemos en la oración. Pero no podemos permanecer allí. El encuentro con Dios en la oración nos impulsa nuevamente a “bajar de la montaña” y volver a la parte baja, a la llanura, donde encontramos a tantos hermanos afligidos por fatigas, enfermedades, injusticias, ignorancias, pobreza material y espiritual. A estos hermanos nuestros que atraviesan dificultades, estamos llamados a llevar los frutos de la experiencia que hemos tenido con Dios, compartiendo la gracia recibida»11.

Si en tu vida cristiana esos momentos de intimidad con Cristo para escucharle y entender su palabra, de manera que te ofrezca una luz para tu vida, son esenciales, ten por seguro que solo darán fruto verdadero si se traducen en actos concretos

“en tu vida cotidiana. La subida al monte no se completa hasta que finaliza el descenso. Y, llegado el momento, puedes tener la tentación de no querer bajar. Porque, cuando descubrimos la intimidad de Cristo en la oración, estamos tan bien con Él que descender y vivir lo que Dios nos ha comunicado puede parecernos una complicación para la existencia diaria. Debes vencer la tentación de reducir tu vida cristiana a esos encuentros esporádicos en la cumbre, es la tentación del espiritualismo.

En la Cuaresma no solo tienes que luchar el combate de la oración, que es subida al monte elevado, sino que también has de descender y llevar lo contemplado en lo alto a tu vida diaria. Para terminar, una última indicación del Papa Francisco: «Y ahora dirijámonos a nuestra Madre María, y encomendémonos a su guía para continuar con fe y generosidad este itinerario “de la Cuaresma, aprendiendo un poco más a “subir” con la oración y escuchar a Jesús y a “bajar” con la caridad fraterna, anunciando a Jesús».

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